¡¡TAMBIÉN TIENE SUS VENTAJAS!!
Por Ramón Durón Ruiz
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E
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l Filósofo de
Güémez, pleno de ese sentido común, de obviedad, de vida que el mexicano goza,
en su fraseología campirana dice:
“El pela’o viejo
y rico, que se casa con una mujer joven y sensual, está como la oreja del toro
de Güémez… muy lejos de las pompis ¡¡y muy cerca de los cuernos!!”
Pues esto me
sirve para parafrasear una historia del humor del mexicano.
“Don
Virulo, el viejo ranchero y rico del pueblo, exitoso como abarrotero, ganadero,
agricultor, citricultor, transportista y camionero, –ignoraba tan
pícara frase.
Un pela’o que a
sus 84 años, cuando menos se lo esperaba, después de una prolongada viudez, hizo
erupción el calor de su juventud acumulada y movido por el racimo de sus
feromonas, decidió matrimoniarse con la joven Oligárquica, –la hija del
Plenilunio, el viejo tendero del pueblo.
La muchacha, una
tierna veinteañera del municipio, por su inigualable belleza, en las pasadas
fiestas del pueblo, fue elegida por aclamación como “La Flor más bella del Ejido”.
La joven posee unos
pechos, que se asemejan a un par de pitayas que revientan en el la calidez del
desierto; con una cintura tan angosta, como el criterio de muchos diputados y
jueces; con piernas y unas caderas tan sólidas y bien torneadas… como los
sueños de los jóvenes.
Por si lo
anterior fuese poco, goza de un carácter agradable, amable y lleno de sana
jovialidad, con un rostro que se asemeja a la más bella diosa helénica, con un
pelo que parece la más fina seda francesa y con un cuerpo lleno de voluptuosa e
incandescente sexualidad, una mujer de muy buen ver… ¡y mejor tocar!
En la boda Don
Virulo se “pulió” con la muchacha, le mandó comprar un bello vestido color
blanco perla, de marca Versase, un
ramo de las flores más exuberantes y bellas, que era la envidia de sus
coterráneas. Por su parte él –en fin ranchero– vistió un traje Wangler, una camisa Westler, un hermoso corbatín de piel, unas botas Montana y un
impecable sombrero Resistol.
La boda estuvo
en grande, con una techumbre carrizo de más de 140 horcones, –en nuestros
pueblos, en el maravilloso conjunto de símbolos del matrimonio, la riqueza de
los novios en mucho se mide por esto– tocaron los más afamaos conjuntos
norteños, hubo comida y bebida a granel, vino gente de onde´quier, la tornaboda duró tres días.
Ya en la luna de
miel, la joven Oligárquica, pensando que “aquello” de su marido, es como los
aumentos a la gasolina… ¡nadie los para¡ decide que ella y don Virulo deben pernoctar
en dormitorios separados.
Después del gran
“jolgorio” de la boda, agotada hasta el cansancio, ella se prepara para conciliar
el sueño, en el mismo instante en el que se escuchan unos suaves toquidos en la
puerta. Se para, abre, y ahí está Don Virulo, en pijamas y con sus 84 años a
cuestas, listo para entrar en acción.
Una vez
terminado el sublime acto de la concupiscencia carnal, él da un beso de buenas
noches y se va a su recamara. Al poco rato, ella oye otros toquidos en la
puerta, es Don Virulo... listo para ¡la segunda tanda!, sorprendida, acepta. Al
final de la íntima carnalidad, él le da un cariñoso beso de buenas noches y se
va. Más tarde, está otra vez tocando la puerta, tan fresco como un lirón, ¡listo
una vez más! Y así sucede durante toda la noche.
Don Virulo
regresa con su esposa y después de entrar en acción, cariñosamente le da un beso
de buenas noches y regresa a su cuarto. Hasta que ella le pide que no se vaya, sorprendida
le dice:
—Me impresiona
que a tu edad puedas repetir esto tantas veces, eres un formidable amante. He
estado con hombres de mi edad y son incapaces de seguir tu ritmo.
Don Virulo, la ve
desconcertado y le pregunta a su esposa:
—¿Qué?... ¿Ya
había venido antes?
La moraleja es
profunda: Ves cómo hasta el Alzheimer… ¡¡También tiene sus ventajas!!”
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