EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
¡PO’S NO SÉ... ¡FIDEOS!
Por
Ramón Durón Ruiz
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H
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oy me permito
parafrasear una frase: “Cerrar círculos, no se trata de cerrar puertas al amor,
se trata de abrir nuevas oportunidades al corazón… para seguir avanzando”1
La frase la
traigo a estas líneas, debido a que este año la
vida ha golpeado fuerte el corazón del viejo Filósofo, llamando a rendir
cuentas al hogar del Padre a tres seres muy amados, mis tíos: Flora, Manuel y
Lupita.
Aunque es harto
difícil, hay que cerrar círculos, para que el golpeado corazón del viejo Filósofo
siga avanzando, sabiendo que en la vida, lo único seguro es la muerte.
En todos los
tiempos la muerte ha sido vista por una parte con miedo y por otra con profundo
misterio, aunque en el fondo forman parte de un ciclo de un mundo holístico, en
el que vida-muerte no son ni excluyentes, ni polaridades, sino complementarias,
pues una retroalimenta a la otra.
“La muerte es
inmanente a la existencia, no se puede evitar”; las civilizaciones antiguas la
veían como un continuum de la vida,
no son antagónicas, sino partes un mismo proceso.
Por el miedo que
le tenemos evadimos tocar el tema de la muerte, sin saber que es una constante,
no pensar nunca en ella va contra la lógica, pero es una locura estar siempre
pensando en ella.
Con la
puntualidad de un inglés siempre llega a tiempo, dejando con su presencia una
cauda inacabable de dolor. “En el mundo moderno, –dice Octavio Paz–, todo
funciona como si la muerte no existiera. De cierta manera la vida cotidiana
excluye a la muerte, a nuestra muerte, también.”
Como bien dijo
Montaigne “No morimos porque estemos enfermos, sino porque estamos vivos” Morir
no sólo toca al enfermo, a cada instante algo de nosotros es tocado por la muerte…
para renacer a la vida.
Tan pronto el
bebé lanza el primer grito, –que es un llamado al despertar de la vida–, ya comenzamos
a morir, el fin de la vida, tiene una energética conexión con el principio,
como diría Heidegger “Somos un ser para la muerte.”
El secreto de
los viejos es que no se dan el permiso de que el natural pavor a la muerte, les
robe los renovados bríos para disfrutar el festín de la vida, Dios nos creó con
la enorme perspectiva de ser felices, de vivir en el proyecto del amor, que es
el camino a la trascendencia.
Aunque
la muerte de tres de mis seres queridos, me golpea como viento gélido en el
alma, llevándose consigo una parte de mi ser, mi sagrada madre con su pedagogía
natural, me enseñó a seguir adelante, sabiendo que la vida continua –algún día
me tocará a mí–, a mantener una actitud positiva, que en esta vida nada, ni
nadie llega para quedarse.
La
actitud en la vida aparentemente es una cosa pequeña, pero es la mejor manera
de darle certidumbre a la existencia, cada nuevo amanecer tu vida, tu salud, tu
familia, el techo, el pan nuestro de cada día, la amistad, el trabajo, son la
mejor buena nueva, un racimo de milagros que te ayudan a mirar, a reconocerte
como parte de lo Divino en una humana pequeñez.
Frente
al peso del duelo, la felicidad, la alegría, la paz en el alma, una sonrisa y
el amor, traen bienestar a ti, por su alta capacidad de sanidad, son un vigoroso
camino a tu interior que alimentan tu alma y te llevan amorosamente a abrazar
la vida.
Dos mujeres se
encuentran en el tendajo de la esquina:
— Es que mande a
mi viejo a comprar frijoles pa’ la comida, lo atropelló un micro y murió.
— ¡Ah caray! ¿Y
ahora qué va a hacer?
— Po’s no sé... ¡fideos!
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