EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
¡…DE LA TIZNADA!
Por Ramón Durón Ruiz
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íctor Hugo, el príncipe de las letras afirmó: “Dios sólo hizo el agua, pero el hombre hizo
el vino” Y la voz popular dice: “sólo
hay dos clases de vino: el buen vino… ¡y el mejor vino!”1
Es
en las antiguas pulquerías, con el tiempo transformadas en cantinas, en donde
bajo el influjo de Baco, que el mexicano expresa y muchas veces ahoga
desnudamente sus pesares, o saca a flote sus alegrías, cantadas y contadas a
través de un humor picante, a veces
irreverente y obsceno, otras inmoral, pero siempre pleno de un repentismo ingenioso
y formidable, no propio para oídos castos.
A
lo largo y ancho del territorio nacional, hay cantinas que deberían pasar a ser
patrimonio cultural, son lugares mágicos, llenos de increíbles anécdotas, historias
y relatos, rescatados por la tradición oral, en ellos se retrata en carne y
hueso a nuestra sociedad, con sus comedias y tragedias, con sus encuentros y
desencuentros, con sus histrionismos y melodramas.
En
Güémez tenemos la afamada cantina de Don Antolín Marroquín; en Tampico, “El Porvenir”–en donde dice: “Aquí se
está mejor que enfrente” (se encuentra el Panteón municipal)–; “El Tampico Bar” del “Gordo” Zapata, en
Ciudad Victoria; “La Ópera” en el
centro histórico del D.F.; en Xalapa, “El
Chico Julio”; en Córdoba, “Las Dos
Hermanas”; “La Bomba”, en el
Puerto de Veracruz; “La Estrella de Oro”,
en Coatepec; en Zacatecas, “Las Quince Letras”,
–al entrar son quince, pero al salir sobran letras… y falta banqueta.
Las
cantinas, como tabernáculos del buen beber y del mejor vivir, son puntos de
encuentro donde bajo el influjo de unos “alipuses”, acompañados de la botana
más sencilla o de la gastronomía más elaborada, se lubrica el alma.
En
ocasiones las cantinas –por su inigualable camaradería– se convierten en el
segundo hogar de algunos, espacio privilegiado donde se gastan bromas de todo
tipo y se lanzan palabras al aire, como monedas que hacen juegos malabares,
surgiendo espontáneamente el epigrama, la anécdota, el chiste pícaro.
Cantinas
que son la expresión de la más pura democracia, en ellas se da un trato igual,
sin distingo de credo, raza o posición económica, lo mismo a un campesino que a
un obrero, con sus manos callosas y camisa sudada por pesadas horas de trabajo,
que a un político elegantemente ataviado, que a un investigador en busca de los
haberes y saberes populares, a un joven, y a partir de 1982 en muchos lugares del
país, a las mujeres.
En
las cantinas brota la cultura popular, áspera, como ropa de trabajo, cruda,
como la realidad; en donde el personaje llamado cantinero, es multifuncional, a
la vez que atiende bien a la clientela, hace las veces de amigable componedor, psiquiatra,
confesor, tolerante, analista político, sociólogo, periodista, tanatologo y
comentarista deportivo –de todos los deportes.
Parafraseando
el humor del mexicano, resulta que sabiendo que el viejo Filósofo es un buen
bebedor social, es invitado a una cena maridaje, ofrecida por una de las
vinícolas de mayor prestigio en el país, en donde es recibido por el
prestigiado enólogo de la vinícola, este amablemente le dice:
––
¡Bienvenido sea usted!, para iniciar esta grata presentación que hemos
preparado para un grupo selecto de invitados ¿Que desea tomar tan distinguido
personaje: quiere un jerez, un mezcal…?
––
¡Un Jerez! –Interrumpe amablemente el campesino de Güémez– es una especialidad
vínica de uva que cortada a mano, goza de calidad excepcional, ‘rendida’ por su
blandura y dulzura, que está llena de historia y de identidad cultural, a la
que favorece mucho la situación geográfica de México, con su clima, las precipitaciones
pluviales, el sistema de crianza con características especiales, la tierra, la
variedad de uva… ¡lo considero la apoteosis de los vinos!
Su
exquisito espíritu, proveniente de una uva que ha sido estrujada suavemente,
para que se abra antes de entrar a la prensa, la atinada fermentación en botas
de roble americano, que embodegada cerca del mar y en terrenos altos, para
recibir una suave brisa del mar que la llena de un grato sabor que cautiva al más
exigente paladar, además de enaltecer y exaltar el corazón humano, sabe poner
en él, sublimidades que sólo la fina sabiduría de un Petrarca alcanzaría a
describir.
El ambarino tono y la aromática fragancia del
jerez, magnifican el alma y llevan a quien lo bebe a las excelsas cumbres del
pensar y del sentir. En cambio con el mezcal… ¡ME PONGO UN PEDO DE LA TIZNADA!
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