EL
FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
JUEGO
DE LOCOS
Por
Ramón Durón Ruíz
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L
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a cultura
popular es a la vez que sabia, apolítica y fluye con el
entendimiento natural del hombre, es un hacer-saber que mana espontaneamente,
que tiene como base el despertar de los sentidos.
La alegría despertada
por el estallido del ingenio que la cultura popular posee, es una muestra
infalible de congruencia con la vida y de buena salud de un pueblo.
Pie angular de
la cultura popular es la sencillez, el lenguaje coloquial y directo, –sin oropel
innecesario– y los valores
que en sus enseñanzas transmite, en los que se manifiesta el temple y el recio
carácter del colectivo social, que le da sentido de pertenencia.
La voz popular
expresada a través de su cultura, alinea la vida con el amor, el humor, la sana
alegría y santa felicidad, dejando testimonio claro de una sabiduría infalible
que anida en el pueblo.
Cuenta la voz
popular que “en dos pueblos contiguos, –que se comunicaban por un loco ducto– había dos
novenas, dos equipos de beisbol que tenían como singular característica, que
estaban bien locos, medios lorenzos o totalmente locuaces.
Acordaron
realizar un partido de beisbol de locura, deseaban ver qué equipo era mejor, mismo
que se llevó a cabo en San Fermín, entre el equipo representativo del municipio
y un equipo representativo de Locodeyta.
Toda ésta mala
fama, plena y totalmente infundada, nace por el carácter abierto de los
lugareños y por su forma coloquial, pícara, sencilla y agradable que tienen
para ver el día a día y fluir con la vida.
Los amigos de
los jugadores rodearon el campo de juego, pa’ ver si su equipo representativo
era el mejor. Reunidos en el campo de beisbol, el umpire llamó a los capitanes de los equipos para indicarles las
reglas del terreno.
El “home run” –le dijo– se contará como tal
después de que la pelota pase la línea de nopales, mezquites y chaparros
–árboles de la región– que se ven hasta allá atrás.
Cuando sea “home run” el jugador que le pegó a la
pelota seguirá corriendo, sacando tantas carreras como pueda, hasta que regrese
al cuadro la bola de entre el monte. Esta es la regla básica para éste
encuentro de selecciones.
Y ante la expectativa
popular, dio inicio el partido. Los llanos circundantes estaban pletóricos de
gente de San Fermín y de gente venida de Locodeyta a través del loco ducto,
cada porra lanzaba animados vítores a su equipo.
En la novena
entrada, en un partido demasiado reñido, que mantenia en suspenso a la afición,
la selección de San Fermín ganaba por dos carreras a cero al equipo contrario,
pero a éstos últimos les correspondía batear.
El turno al bat correspondió a un jugador
chaparrito, prieto, con una sólida manifestación músculo-esquelética, era un
roble de una sola pieza de fuerte, quien a la primera pitcheada conectó un leñazo que lanzó la bola por el jardín
derecho, que se fue a caer entre las nopaleras, mezquites y los chaparrales que
circundaban el campo.
El jugador de
Locodeyta de acuerdo a las reglas del terreno, le dio una vuelta al cuadro en
una ocasión y como la bola no regresaba, ante la desaforada algarabía de su
afición, siguió dando vueltas y vueltas a las bases, hasta completar 35 carreras
y la bola no regresaba; el pela’o sentía como el aire le faltaba, ya estaba
sumamente cansado y los jardineros de San Fermín no atinaban a encontrar la
pelota de entre el monte.
El umpire se trasladó hasta el jardín
derecho a atestiguar la busca de la pelota, en ese momento uno de los jugadores
la encontró, la levantó con su diestra para lanzarla al cuadro.
El “ampayita” de inmediato gritó:
–– Faul, primos, faaauuuullll… ¡NO CUENTAN
LAS CARRERAS!”
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