EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
… ¡ES UN ESPEJO!
Por Ramón Durón Ruiz
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l escritor
francés Gustave Flaubert afirmó: “Sólo deberíamos llorar la muerte de los
hombres felices; o sea, muy pocas muertes.”
La frase célebre
la tomo a propósito de la lamentable muerte de la señora Nohemí Sánchez de Rivera,
quien en mi tierna infancia, junto a su amoroso esposo Don José Rivera, fueron
generosos y siempre amables conmigo, me compraban la canasta de huevos de patio
que vendía de puerta en puerta, producto del gallinero que en el patio tenía mi
querida tía Flora.
La muerte aunque
quiera arrancarnos de raíz a quienes queremos… no lo consigue, lo que si logra es
inmortalizarlos en nuestra amorosa memoria.
Aún recuerdo,
como si fuese hoy, cuando siendo un pequeño, lleno de una fuerte esperanza,
tocaba a su puerta de lámina en busca de clientes para los huevos de patio,
Doña Nohemí y Don José, siempre me recibían de muy buena gana, ella bella y
sonriente, él un roble de fuerte y amable.
Su
amoroso y afectuoso trato, consiguió un espacio en mi historia, tocaron mi alma
eternamente,
el tiempo y mi destino me llevó por otros caminos, lejos de mí natal barrio,
pero en mi cariñoso recuerdo los guardo para siempre.
Hay una historia
que me cautiva, que explica de manera sencilla la muerte: “Un hombre enfermo se
preparaba para salir del consultorio del médico que le estaba examinando y
dijo:
—Doctor, me asusta la muerte...dígame ¿qué
hay al otro lado?
Muy suavemente
el doctor dijo: —No lo sé.
—¿No lo sabe?, usted
es cristiano ¿y no sabe qué hay del otro lado?
El doctor tomó
la manilla de la puerta, del otro lado se oían como rasguños y gemidos
y...cuando se abrió la puerta, un perro entró en el cuarto, saltó sobre el médico
y con gran alborozo le lamió lleno de contento, el médico se volvió hacia su
paciente y dijo:
—¿Vio lo que
hizo mi perro? él nunca había estado en este cuarto antes. No sabía que había
adentro. Sólo sabía que su dueño estaba allí y cuando se abrió la puerta, saltó
sin ningún temor. Yo poco sé de lo que
hay del otro lado de la muerte, pero sí sé una cosa: Que mi Señor estará allí… ¡y
eso me basta!”
Tan pronto
nacemos, celularmente algo de nosotros principia a morir y a renacer, la muerte
cobra un alto significado, cuando se vive la vida a plenitud, cuando se le da un profundo significado y un
significante claro… Servir al prójimo.
Las
sabias abuelas de Güémez me han enseñado que la eternidad existe, se llama: AMOR; vivir con
amor, trabajar con amor, educar con amor, servir con amor; por amor llegamos a
la vida, por amor crecemos físicamente, nos reproducimos, evolucionamos
espiritualmente, el AMOR es el camino
que la gente inteligente escoge para ejercer su derecho a trascender.
Ante la
inminente presencia de la muerte, nuestra religión nos enseña que habremos de
encontrarnos con DIOS y con nuestros seres queridos, que se adelantaron en el
camino para recibirnos. Al final de la jornada, la muerte es parte de nosotros
y nosotros parte de ella, pero a pesar de su llegada, por el amor incondicional
con el que Doña Nohemí vivió para los suyos y que supo pacientemente cultivar…
¡la vida continúa!
La
vida es una obra maestra que posee un lenguaje descriptivo propio, cuyos
signos y señales día a día nos maravilla descubrir, están enhebrados con tal
magia y tan natural sabiduría, que cuando estamos en la misma sintonía con el
universo, los interpretamos adecuadamente y entendemos que el tiempo disminuye
nuestras capacidades, que la llegada de la muerte es inevitable, pero que… ¡nuestro límite es el cielo!
Desde niño
aprendí a ser alegre, sabiendo que “el
mundo pertenece a los optimistas… los pesimistas sólo juegan el papel de espectadores”
Resulta que un
matrimonio, decide ir de vacaciones, en la habitación la señora emocionada
dice:
—¡Mira qué
hermoso venado se ve por la ventana!
—Vieja, tienes
dos errores: primero, no es un venado, sino una vaca y segundo, no es una
ventana… ¡es un espejo!
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