EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
¡SE LE OLVIDÓ PONERME UNA SERVILLETA!
Felicitaciones por su éxito a José Parcero López,
Ramiro Ramos Salinas,
José Ángel Cárdenas Castillejos, Oscar Almaraz Smer.
Por Ramón Durón Ruiz
|
L
|
a vida me ofrece
la bendición de viajar por todo el país dando conferencias y seminarios. El fin
de semana próximo pasado junto al conferencista internacional René Mantecón,
fui invitado por el prestigiado maestro Guillermo Héctor Zúñiga Martínez, a Las
Choapas, Veracruz y a la Universidad Siglo XXI en Villa Hermosa, Tabasco, a
conferenciar con más de tres mil jóvenes de la Universidad Popular Autónoma de
Veracruz (UPAV).
En la visita
tuvimos una esmerada anfitrionía –como los veracruzanos saben ofrecer–, de
parte de mis amigos Carlos Ambrosio Aguilar Hernández, Uriel Rosas Martínez y Armando Octavio
Domínguez Ruiz.
Cada
viaje proporciona una experiencia sensorial maravillosa que no se puede
contener –y con ella, cada conferencia o seminario me generan amor y aceptación
infinita, porque cumplo con la sublime tarea a la que llegué a esta carnalidad:
servir–, es una ganancia de
experiencia positiva y transformadora… hasta que llegue el día de mi viaje
final.
Viajo porque por
una parte, me encuentro con mi destino y por otra sé que, como dice el sabio
escritor brasileño Paulo Coelho: “El que está acostumbrado a viajar… sabe que
siempre es necesario partir algún día.”
Viajar, te
brinda la maravillosa oportunidad de dejar de preocuparte de cosas nimias y
crear un estado de conciencia que te lleva a encontrarte con la rica tersura de la vida, ocupándote de recordar
que las cosas trascendentes son como como los viajes, se llevan a cabo…
despacio, con un ritmo y a un tiempo.
Viajar
con los ojos del espíritu abiertos aquieta la mente, enriquece el alma, te da
una visión de conjunto que te lleva a contactar con los tesoros
culturales, la rica tradición oral y la visión cosmogónica de las regiones de
un México mágico.
Viajar,
enriquece tu constructo mental, que te dice que los aviones no tienen
retrovisor, sólo parabrisas, en cuya moraleja aprendes que la vida es lo que viene… no lo que fue. Transitar por la hermosa
geografía nacional te conduce a aprender miles de lecciones –al final de
cuentas eso es la vida, una sucesión interminable de lecciones para tu
crecimiento físico y evolución espiritual.
Entre tantas
enseñanzas encuentro la rica, exquisita, variada y sin comparación gastronomía
mexicana, en la que se puede poner en la mesa un platillo diferente en el
desayuno, en la comida, en la cena y en varios años no se repite uno.
Nuestra
gastronomía cautiva amorosamente nuestro gusto y sentidos, expresa el
afectuoso maridaje el alma mexicana, a la vez que una cálida y amable
atmosfera, en la que se cuida detalle a detalle, que nos lleva a una aventura
de olores, sabores, colores y amores de nuestras regiones.
El trabajo de la
cocina de humo o la moderna, está pensado en halagar hasta al más exigente
paladar, ahí todo está preparado para que el huésped se relaje y se ponga en
las manos de las mejores cocineras y chef del mundo, con comida fresca,
productos de la mejor calidad, con una cultura que las lleva a cuidar hasta el
más mínimo detalle, que demuestra la
importancia que la cocina tiene en la vida.
La cocina
mexicana es a la vez un compendio de costumbres y una muestra clara, de que la
vida no tiene límites para llevarnos a una experiencia sensorial
extraordinaria, que nos demuestra que
podemos elevarnos por encima de nuestras limitaciones, de la mano de
nuestra creativa imaginación y tradición culinaria.
Nuestros
artistas culinarios, saben que el eslabón final del mundo holístico en el que
armónicamente se conjuga con congruencia, tradición y autenticidad sus olores,
sabores, colores y amores gastronómicos, son: los postres, que son una
metáfora, de que en el viaje de la vida, el final es exquisito: ¡si se sabe
apreciar… y degustar!
Resulta que el
Filósofo llega a un restaurante, en el que tiene una cena muy romántica, pues
su esposa cumple años. Su señora asombrada, le dice:
—¡Viejo!, es la
sexta ocasión que me besas la mano desde que nos hemos sentado a cenar, a pesar
de tantos años de casados ¡eres un verdadero caballero!
—Qué caballero
ni qué la tiznada, lo que pasa es que al mesero ¡se le olvidó ponerme una servilleta!
No hay comentarios:
Publicar un comentario